jueves, 9 de mayo de 2013


La Oficiosidad del Ser

Pasivo y ausente, el tiempo contempla los ecos de sí mismo en una plaza pública,  ¿Lo has visto? Si te detienes un minuto lo puedes ver pasar. Pronto te darás cuenta que  ese minuto se ha vuelto eterno y como tal, forma parte de la historia. Esa historia que la añoranza edita en bellos momentos, lapsos borrosos de una cultura del recuerdo aprendida. Una cultura de imágenes más que de sensaciones, de vientos fríos del norte, del volar de las aves y del canto de la fuente; del trajín del zapatero, de la cotidianidad urbana que no da tregua a la magia agonizante de la gran ciudad. Una cruel verdad por la cual también podrías llamarte asesino.
Envuelto en eternidad, se agolpan los recuerdos como caballos galopantes en una misma vereda; coloridos, estruendosos, nostálgicos de saberse nacidos en un pasado casi olvidado. Sepultados entre la oficiosidad del ser. Ese ser que sólo existe y no se preocupa por ser. El que confina su sentir profundo al sueño y vive con su sentir autómata abrumado por las  heces filosóficas del tener.
¿Tener? ¿Qué tanto debo tener para ser?, ¿Ser? ¿Cómo puedo ser sin sentir?, ¿Sentir? ¿Cómo sentir sin dejar de ser? Porque al ser, es inevitable sentir, y el sentir desemboca en el vivir, ¿Y cómo vivir sin comprometerse a ser y peor aún, cómo vivir si no se puede tener?

TORMENTAS

Tormentas, tormentas  son fugaces y perennes
Son visibles dos segundos y cicatrizan cuando uno muere
Se levantan de la nada y a la nada nos devuelven
Nos achican, nos apocan
Y en mediocridad nos envuelven
Se alimentan de la vida, la consumen por deleite
Van buscando en cada esquina, en cada orilla se detienen
Encuentran un alma herida, de inmediato la someten
No perdonan, no se vencen,
Ni distinguen quien ama o miente
Y pocos los afortunados que llegan a ver la luz
Aún arrastrando el pecho, levantan la mirada al cielo
Y escapan de su esclavitud
Dejan atrás la tormenta, la herida cicatrizó
Va muriendo el recuerdo a paso lento dentro de  un sueño veloz
Los que aún somos esclavos, nos regodeamos en la tormenta
Somos amantes del sufrimiento,
Somos invidentes de nuestra propia esencia
Somos la fuerza que le da vida, pues sin ella
Nuestra vida es inexistencia
E incapaces de dar el salto
A la muerte que nos acecha
Exigimos a la muerte en el acto
Acabe nuestra vil existencia:
Que llueva, que se inunde
Que la corriente nos lleve marinados en nuestros pecados
Que explote hasta la última gota de sangre inmunda
Dentro de este maldito cuerpo de felicidad marginado
Sí, que llueva, que se inunde…
Que me ahogue en las cárcavas de mis recuerdos
Hasta olvidar las aberraciones de mi pasado
Porque sólo Dios sabe cuánto me duele vivir
Y cuánto deseo olvidarme de mis fracasos
Sí, que llueva, que se inunde…
Que mueran las almas buenas
Para que los corruptos puedan vivir
Que en esta tormenta se lave con sangre
La aberración de la vida por dejarme existir.


DESALMADA NIÑA MÍA DE FORTALEZA EN FLOR

Desalmada niña mía de fortaleza en flor
¿Cómo es que aún me miras
y tan lejos del mundo en la fantasía
 me reflejas amor?

El vacío yace inerte en el eco de tu alegría,
En la inconsciencia de tu rostro
Y en tu agonía que ahora es la mía

De tu piel erizada por lágrimas
Es que tu valor proviene
Esas que derramas como niña
Esas que como mujer defiendes

Arriba que es tu rostro
El que en el espejo se refleja
Que tus ojos son los míos
Y tu debilidad mi fortaleza.
No hay cariños, ni palabras
Que desvanezcan la vileza
Sólo puños, sólo garras
Que han mutado de tu nobleza

El cristal de la magia
Se rompió al veredicto
Y de un alma desgarrada
Se han burlado y hecho añicos

La cosecha de la vida
Ha podrido las esperanzas
Que seas hoy tú la semilla
De la cual nacerán
Las lágrimas de felicidad del mañana.

jueves, 21 de marzo de 2013

Decreto de Abolición


No viviré con las alas quebradas, cumpliendo tu capricho de existir al respirar.
No transpiraré la vida por mis poros, ni daré más consuelo a la nostalgia un instante más.
No doblegaré mi dignidad a tu sentencia; abominación expresa del orgullo y la verdad.
No te consagraré mi alma; ni a coerción, ni a voluntad.
Ni te daré más espacio en mi mente,
Ni laureles, ni aplausos, ni el escalofrío de una lágrima más.
¡No! Hoy decreto que no más.
Porque ya me has quitado las entrañas, las ganas de sentir y las ganas de ganar.
Porque a tu salud sólo soy la sombra de mi reflejo,
 La idea de un ser complejo,
 El agua salada; sin agua y sin mar.
Porque lo llorado ha sido en vano cuando las arcas vacías se vuelven a llenar