La Oficiosidad del Ser
Pasivo y ausente, el tiempo
contempla los ecos de sí mismo en una plaza pública, ¿Lo has visto? Si te detienes un minuto lo
puedes ver pasar. Pronto te darás cuenta que
ese minuto se ha vuelto eterno y como tal, forma parte de la historia.
Esa historia que la añoranza edita en bellos momentos, lapsos borrosos de una
cultura del recuerdo aprendida. Una cultura de imágenes más que de sensaciones,
de vientos fríos del norte, del volar de las aves y del canto de la fuente; del
trajín del zapatero, de la cotidianidad urbana que no da tregua a la magia
agonizante de la gran ciudad. Una cruel verdad por la cual también podrías
llamarte asesino.
Envuelto en eternidad, se
agolpan los recuerdos como caballos galopantes en una misma vereda; coloridos,
estruendosos, nostálgicos de saberse nacidos en un pasado casi olvidado.
Sepultados entre la oficiosidad del ser. Ese ser que sólo existe y no se
preocupa por ser. El que confina su sentir profundo al sueño y vive con su
sentir autómata abrumado por las heces
filosóficas del tener.
¿Tener? ¿Qué tanto debo tener para
ser?, ¿Ser? ¿Cómo puedo ser sin
sentir?, ¿Sentir? ¿Cómo sentir sin
dejar de ser? Porque al ser, es inevitable sentir, y el sentir desemboca en el
vivir, ¿Y cómo vivir sin comprometerse a ser y peor aún, cómo vivir si no se puede
tener?